Hace 99
años, un director de cine alemán se dio el trabajo de informarnos lo que estaba
pasando, en el mundo de esa época. Un periodo en donde las máquinas lo estaban
abarcando todo y ellas necesitaban de los hombres para funcionar. Al no tener
freno la sociedad, todo debía andar sin detenerse, sin importar cuantos hombres
consumieran las máquinas.
Todo
aquello que se estaba produciendo, era originario de las mentes de hombres
brillantes y también de las mentes de otros hombres, que seguían los paso de
los resplandecientes. De esta forma, se había erigido una sociedad más baja que
la de su propio esfuerzo y otra que superaba, con creces, su propia
inteligencia.
Algo,
entonces, debía estar fallando. Las circunstancias de explotación humana, para
mantener en funcionamiento la Metrópolis, no estaban acordes a la brillantez
del desarrollo alcanzado en “El Club de los hijos” y “Los jardines eternos”. Algo estaba incrustado en la razón de los
hombres que los hacia mantener una desalineación, que ya no radicaba en el
intelecto o el esfuerzo. A mayor inteligencia más deshumanización y mayor esfuerzo
más incapacidad.
Esto se
acentúa con la incorporación de dos tiempos: Diez horas para los trabajadores, doce
horas para los que disfrutan de la vida en Metrópolis. Al tener menos tiempo, la
clase obrera siempre debe trabajar rápido, sin descanso y está extenuada, tanto
al inicio como al final de sus turnos. Mientras que con un reloj de 12 horas ya
hay más holgura, soltura y disfrute.
Así y con muchos elementos más, que no estarán presentes en este escrito, se reconoce que se hace el intento de mostrar, cinematográficamente, los mundos desiguales que deben existir para que se pueda forjar una metrópolis. En todas las épocas del ser humano moderno, se deshumaniza y embrutece la sociedad, contribuyendo a vivir en una eterna desalineación de la mente y las manos. Haciendo necesario que llegue un mediador para salvar la situación e impacte la co-razon humana.
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